| Babel con taxis libres |
| El Chelsea cabaret es un sótano de mujerío de todos los colores, con escenario circular al fondo, por donde van pasando las macizas mejores de la noche, a cumplir su número de strip-tease, entre el contorsionismo y acaso la indolencia. El Chelsea es el mejor y más antiguo cabaré de Madrid. El Chelsea viene a ser como Casa Lucio, sólo que con otro menú, o sea, en otro plan. Madrid… |
atardece por el hotel Puerta de América, que es un orfeón de diseñadores, a diseñador por planta, o bien atardece por Las Vistillas, donde aún existen las chulapas que se bailan toda su hermosura de sirenas con buen culo en lo que ocupa un ladrillo de chotis. Desde ahí se ve la sierra de Madrid con bruma de postal o claridad de cuchillo de mayo.
Madrid amanece por la Puerta del Sol, donde los japoneses, en romería, le dan gusto al gatillo de la Nikon para eternizarse sobre la acera del kilómetro cero. O bien Madrid amanece en el Mercado de Legazpi, que fue sitio eternizado en las crónicas de la movida, con todo su alboroto de frutas sonrientes, su apoteosis de bueyes sobrantes y su bacanal de platas de pescado. La clientela del cabaré Chelsea suele seguir el show a rachas de reojo, o sea, que lo sigue poco o lo sigue nada, salvo algún solitario sombrío, que vive el trance hipnotizado por la llama entera, mitológica y sexual del desnudo de la bailarina, entre sorbo y sorbo del whisky interminable que beben los que nunca hablan con nadie. Hay el soliloquio del hombre con su whisky, que se acaba pidiendo otro whisky, y hay el soliloquio de la bailarina con su tanga, que se acaba cuando cambia la bailarina.
Madrid siempre tiene dentro otro Madrid, que es como decir que Madrid siempre está partido en dos: la bailarina y el solitario, el cabaré y los Jerónimos, el tanga y el whisky, el Museo del Prado y el Museo Thyssen, el Hotel Palace y el Hotel Ritz, la Torre Picasso y el Teatro Real, el flamenco de la calle Echegaray y el pop de rólex del barrio de Salamanca, donde tiene monarquía Gabana, que es el templo de obligada visita del foráneo que quiere compartir barra con algún famoso.
A Madrid puede venirse a hacer la ruta del Siglo de Oro, que vertebra la calle Huertas, hasta asomar en la populosa Plaza de Santa Ana, donde bebió Hemingway, o a hacer la ruta nocturna de los famosos de oficio, donde beben los que salen en la telerrosa. A menudo, cuando ceno en De María, se acercan a los postres, en alegre jauría, unos cuantos turistas nacionales para hacerme la misma pregunta inevitable: -¿Veremos o no veremos famosos en Gabana? La llevo oyendo cinco o seis años. Como si uno fuera la guía del ocio con melena, que a lo mejor hasta un poco sí lo soy. Son los mismos que al día siguiente van a curarse la resaca a la Plaza Mayor con unos pinchos y unas cañas. Yo les aconsejaría mejor una noche en el Joy y una resaca en la Plaza de Oriente, que son dos sitios principalísimos del Madrid de ahora y de siempre.
El Madrid del Siglo de Oro acogió en su día a los ingenios de entonces, que eran Góngora, Lope, Quevedo y Cervantes, y hoy no tiene sobrantes monumentos de guía de viajes al uso, salvo el Teatro Español, antaño Corral de Comedias del Príncipe, o el Palacio del Marqués de Ugena o la Real Academia de la Historia. Pero sí tiene el espíritu añejo y único de unas callejas estrechas, torturadas y muy puestas de forolón misterioso, con bombillas de amarillo tísico. El día tiene una luz de libro de caballerías y la noche se alza como la noche quizá más populosa, mestiza y marchosa de las muchas noches concéntricas que se ofician en Madrid, que es ciudad que no duerme, o duerme muy poco.
El Chelsea es una alhaja rara y recóndita del alma subterránea de Callao, cuando al fin cae la noche, cierran las zapaterías de diseño y se desvelan como gigantes los hoteles. Hay toda una rueda de sitios con asomo de luz roja, por calles vecinas, que son la vertebración canalla, lujuriosa y casi oculta de la Gran Vía, que es en el día un desperezo de quioscos soleados, cines entredormidos, cafés de internet, restaurantes de menú, hostales de entreplanta y algún gran telón de anuncio de perfume, tamaño fachada, bajo el cual siempre parece detenida la misma taifa transeúnte de razas y edades que se ve en el corazón de Nueva York o París, a esa hora. La Gran Vía la están comprando las multinacionales, y ya no está el Pasapoga u otros antros donde ligó Ava Gadner, pero es la Gran Vía.
DISEÑO Y ARCONES. Chueca es hoy un barrio próspero y snob, donde la varonía gay ha montado su campamento de diseño, que unas veces tiende al loft y otras tiende al sotanillo de laberinto, con cuarto oscuro al fondo a la derecha, según se entra. Chueca es lo contrario del Rastro, donde el diseño es un arcón de la bisabuela y los restaurantes son todos restaurantes chinos. Al Rastro no hay que ir en domingo, que es cuando van los que no conocen el Rastro, salvo que se vaya de cañas.
La Cava Baja y la Cava Alta son un pasarse. Es un acontecimiento comer en Casa Lucio (con reserva, please) y hasta en Lardhy, que es un tópico, pero un tópico que no falla. Ha tirado tanto Chueca de los gays de Madrid, y de fuera, que ya no caben más en el barrio pobladísimo, y por eso se salen incluso de las aceras, cuando pasean en pareja, o solos, moviendo un poco o un mucho la cintura de toreritos equívocos, a la hora punta del trasnoche o el alterne.
Se ve que es barrio civilizadísimo, coqueto, y muy soleado de todas las libertades, incluido el wifi. Se ve que es un barrio que ya son varios barrios. Lo del Día del Orgullo Gay lo suelen celebrar cada sábado, y no me extraña que Chueca sea de interés turístico en Europa.
Hay siempre un paseo pendiente por el Retiro y otro paseo por la Gran Vía, que es la calle mayor y más mestiza y más fascinante de la ciudad. Es la calle de los paseantes urbanos profesionales. Umbral me lo dijo de otro modo, inolvidablemente: “Tú te plantas en la Gran Vía y está todo resuelto”. Pues eso.
En rigor, si uno se fija, según la hora, la Gran Vía es una avenida de París o una avenida de Nueva York. Hay monumentos que lo acreditan, pero eso es sólo eso. Madrid partido en dos, sí. Una vez más, Madrid varado en dos mitades. Hay una Gran Vía diurna, que mira al peatonaje, y hay una Gran Vía nocturna, que sólo mira a sus sótanos, a los que se llega bajando siempre una escalera honda, medio suicida, casi secreta, entre espejos de harén hortera y pósters de chicas con lencería de leopardo.
Si tiras a un lado, acabas en Chicote. Si tiras al otro te haces el Londres de los musicales, pero con incursiones de Mecano, que ahora retriunfa millonariamente, como todo lo de los ochenta. Chicote es un museo, pero un museo de la botillería y la memoria en fotos del artisteo nacional o internacional, que venía al sitio a tomarse su coctelito de alterne entre el mujerío con liguero de llanta.
Habrá advertido ya el atento lector que no he hecho mención alguna a las obras, y ya me he trotado unos párrafos largos. Hay un Madrid en obras y otro Madrid sin obras, naturalmente, aunque ya todo va más practicable, salvo la Puerta del Sol, porque Gallardón se ha venido empeñando en hacer sus obras completas en un par de años. Diríamos que ya puede hablarse de un Madrid post-obras completas de Gallardón. Hasta que al alcalde le dé por poner de nuevo a las grúas a hacer poesía.
TRASNOCHADORES. Cardamomo es algo así como Las Ventas del flamenquito o el Bernabeu de las barras de los gitanos de la ciudad, esa “tribu de las pupilas incendiadas”, según acuñación de Baudelaire, que era un gitanazo de buhardilla. La calle Echegaray, donde queda el sitio, fue antaño una calle de trasnochadoras con tarifa y ahora es un cruce de hostales añejos y garitos raciales donde les da el alba a japonesas que se colocan con la bulería y a bailaores de Vallecas que siempre necesitan otro petardo para colocarse.
“Madrid es moro”, escribió Gómez de la Serna. La frase parece escrita hoy mismo. Hoy Lavapiés es chino, las camareras de Vips son ecuatorianas y los africanos se emplean de velocistas en las calles Preciados y Arenal, con la mochila del topmanta al hombro. Madrid es más que moro. En Madrid nadie es de Madrid, que es como decir que todo el mundo es de Madrid.
En los taxis suena la bachata y un trópico de Yamilés se nos ha venido a Cuatro Caminos a soñar mejor vida. Madrid es la gente que coge un taxi y la gente que mira a quien coge un taxi. La primavera es la gente que compra y la gente que miramos a los que compran. Madrid es quien va al Cardamomo y quien va a Casa Patas, que queda atravesando la calle Atocha, donde el jabugo se alterna con el taranto, o al contrario.
Madrid siempre está partido en dos. Están los que trabajan y los que miran a los que trabajan. Están los que se van a dormir y están los que entonces se acaban de levantar. Están las cafeterías que cierran al atardecer y las que abren a esa misma hora, en un relevo o renuevo que hace que la ciudad siempre nos parezca la misma, siendo distinta, o que se nos antoje distinta, siendo la misma. Está el Jardín Botánico y el Templo de Debod, está Pachá y las Ventas, está el Bernabeu y el Museo de Cera, que es donde se solazan los estudiantes de provincias, de paso hacia el Monasterio de El Escorial, o de vuelta.
Además del Cardamomo tienen renombre el Burladero y La Boca del Lobo. Entre uno y otro queda Los Gabrieles, un nido profundamente andaluz que ahora está en reformas, o sea, que se está jugando la gracia. En el Burladero, morenas de rojas lunas ponen a bailar los ombligos mientras suena la rumba. En Cardamomo ponen a ratos temas de Camarón. También pinchan cosas de Jose Mercé, o de Diego El Cigala, que parece que cantan al alba, y que lo mismo hasta están por ahí. Camaron siempre está, sólo que nadie le ha visto. Son los antros punteros de la zona. En todos hay un aire de juerga pendiente y un bullicio de túnel de ida y vuelta, por en medio de la zambra revuelta de las miradas.
Madrid siempre está partido en dos. Madrid es quien liga y quien no liga. Madrid es quienes se curan la resaca y los que se preparan para curarse la resaca. Tenemos flamenquitos de madrugada que improvisan un tablao en la rampa de la Plaza del Alamillo. Los mendigos de Gran Vía ya hablan por el móvil, con otro mendigo, a ver cómo cotiza la limosna por la Plaza de Ópera. Hablo de esa dulce y loca gente, vagabundos de vocación, que se sacan para la litrona o el bocata vendiendo a precio de limosna caricaturas calamitosas o sonetos cojos. Madrid atardece por el Azca y amanece por la Cuesta de Moyano, donde se venden los versos a un euro. Lo dijo inolvidablemente Antonio Muñoz Molina: “Me gusta Madrid porque es una ciudad a la que puedes hacer culpable de todo”. Pues eso.
| Imprescindible |
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1. El Rastro. Madrid madruga para ir al Rastro. Hay un Rastro de domingo, que es una romería de curiosos más pendiente de tomar cañas que de comprar arcones, y hay un Rastro de día laborable, que es el Rastro de las almonedas fetén, los anticuarios de estirpe y los que van buscando una consola artdecó o una underwood de vitrina. Y las encuentran.2. Joy Eslava. Podría decirse que es la mejor discoteca de Madrid. Es un teatro cruzado de gente guapa, un nido de palcos con disjockey, cuatro plantas de música hasta el alba. De salida, a mano izquierda, la Chocolatería de San Ginés, que abre cuando todo cierra, parada para regresar bien desayunados a casa.
3. Museo del Prado. La primera pinacoteca nacional y una de las dos o tres punteras del mundo, sin ponernos del todo ceñidos. Tiépolo, Rembrandt, Durero, El Greco, Velázquez, Goya, El Bosco y más genios universales se alternan en su espacio. Hay poco que decir del Prado, salvo que todo está por decir. Basta con visitarlo. Y sin prisa. Inexcusablemente. 4. Asador De María. Tomó mucha fama porque aquí se reservan la mesa los jugadores del Real Madrid y las estrellas internacionales del cine o el artisteo, cuando recalan en Madrid. Pero más allá de escaparate vip, es un asador con carnes mitológicas, pasta incuestionable y un servicio impecable. Coronando aciertos, se encuentra en el corazón del norte del Madrid la nuit. 5. Rotonda del Hotel Palace. Aquí se fotografió Borges, mirando al cielo que no veía, y aquí bebió Ava Gadner, hasta que la subían a su habitación en carretilla. Aquí Dalí se paseaba con una pantera. Es un sitio epocal y suntual que tiene hasta un señor de fina estampa encargado de remullir los cojines, cuando el cliente se va. Un modo de alojarse en el Palace, pero sin alojarse. Un modo de tomar el whisky cinco estrellas de los viajeros. 6. Plaza de Oriente. Desde la terraza del Café de Oriente se abarca la majestuosa plaza, que en rigor es inabarcable. Enfrente, el Palacio Real, imponente. Y en medio, la estatua ecuestre de Felipe IV, con el caballo fijo en su difícil equilibrio de corveta. Los alrededores son un paseo pacífico que se llama Jardines de Sabatini o Jardines del Campo del Moro. 7. Casa Patas. El templo del flamenco de verdad. Bailan y cantan los mejores, todos los días. El paisanaje es lorquiano. Hay gitanos maqueados que dan palmas para nadie, en un esquina, o hay chulos que leen a Nietzche y morenos de verde luna que codician, entre sorbo y sorbo, a doradas yanquis que aún tienen por deshacer su equipaje de turistas recién llegadas, en hotel vecino y habitación compartida. 8. Gran Vía. Por la Gran Vía, Madrid mira a Nueva York o mira a París. Es la gran calle del transeúnte profesional, del viajero vocacional y del limpiabotas no ocasional. Más que un monumento con muchos monumentos es un acontecimiento con todas las razas cruzando y descruzando los pasos de cebra. De noche, resulta estupefaciente. De día es Babel con taxis libres. Puede presumir de no salir nunca del atasco. Nunca duerme. 9. Cava Baja. Es la arteria del casticismo, la vértebra del viejo Madrid, que vive ahogado de grutas. Hablamos de una calle estrecha, chula de casi rampa, muy mechada de restaurantes buenos y garitos de primera copa. Conviven las gentes pintorescas del barrio con toda la constelación mondaine de los viajeros o turistas ilustres. 10. Gran Café de Gijón. Ya no tiene las visitas de los tertulianos de la literatura o el cine, que acampaban a diario, al borde de un café solo, desde hace décadas. Pero a cambio conserva la memoria abultada de haberse convertido en un museo de cuando la cultura, en Madrid, era la cháchara de media tarde. |